De cómo los ingenieros estrella de Atari diseñaron el Amiga (y los de Commodore, el Atari ST)

Uno de los recuerdos de mi infancia friki es, sin duda, la trepidante rivalidad entre Amiga y Atari, —que yo vi desde la barrera de mi Amstrad CPC—. Ambos sistemas, lanzados de manera muy cercana en el tiempo, estaban llamados a sustituir a la anterior generación, los microordenadores de 8 bits, en nuestras casas —y nuestros corazones—, y convertirse en los reyes del entretenimiento digital. Sus competidores principales, Macintosh de Apple y PC de IBM, no jugaban en la misma liga: Macintosh costaba el cuádruple —y en aquella época, era monocromo— y los PC estaban técnicamente todavía a años luz en lo relativo a capacidades multimedia.

Commodore Amiga 1000
Commodore Amiga 1000 – Wikimedia

Esto dejaba un terreno de juego nivelado entre ambos contendientes, el ST de Atari y el Amiga de Commodore, que fueron fieros competidores y cuyas bases de usuarios desarrollaron las mismas lealtades y odios —en lo intenso y en lo ridículo— que asociamos al Nintendo vs. Sega de aquella época o al Playstation vs. Xbox de hoy en día.

Por eso me resultó muy interesante —y enormemente irónico— enterarme de cómo había sido el proceloso diseño de aquellos dos sistemas míticos y sobre todo, de la procedencia de sus respectivos equipos de diseño y desarrollo.

La historia del nacimiento del Atari ST es bastante movida, como todo lo que ocurría en Atari a finales de 1983. Tras el lanzamiento de Atari VCS, uno de los principales ingenieros del sistema —Jay Miner, artífice del chip TIA, el responsable del apartado visual de la consola— comenzó a explorar nuevas tecnologías para su integración en la siguiente consola de Atari. Su atención se dirigió muy pronto hacia una nueva CPU de Motorola, el modelo 68000, lanzado en 1979.

Jay Miner con su perro Mitch
Jay Miner, diseñador de la arquitectura de Amiga con su perro Mitch – Amiga User International

Miner llegó pronto llegó a la conclusión de que su sistema de nueva generación debería estar basado en esta CPU, aunque también se dio cuenta de que para sacar el máximo partido al nuevo sistema, tendría que rodeársele de otros co-procesadores que le quitasen algunos de los trabajos más pesados a los que se enfrentaba un sistema de videojuegos, habitualmente relacionados con la transferencia de grandes cantidades de memoria.

Por aquella época, Atari tenía nueva dirección: durante el diseño de Atari VCS, Nolan Bushnell —uno de sus fundadores y director— cerró un acuerdo por el cual Warner Communications, el gigante de los medios estadounidense, compró Atari y le proporcionó un enorme músculo financiero para el desarrollo de VCS. La razón de aquel trato es que a Bushnell y su equipo les agobiaba la presión de la competencia —Fairchild había lanzado la primera consola con un microprocesador y el resultado era francamente impresionante— y habían decidido hacerse con financiación a cualquier precio.

Atari fue durante años una subsidiaria de Warner

Sin embargo, tras el crash de 1983, ni Warner ni Atari estaban contentas con el trato. Warner veía a Atari como un pozo sin fondo por el que sangraban capital a ritmo de 10.000 dólares diarios, mientras que desde Atari se percibía a Warner como un freno a sus pretensiones de recuperar el liderazgo de la industria. Ante la situación, Bushnell dejó la compañía en 1979. No sería el único: su sustituto Ray Cassar se caracterizaba por un mal trato hacia los ingenieros y desarrolladores y para ahorrar costes, Atari empezó a racanear en los bonus prometidos a los ingenieros. La combinación de factores provocó la desbandada. Entre los que se fueron estaba el grupo conocido como «La pandilla de cuatro», que abandonaron la empresa para fundar Activision. Larry Kaplan era uno de ellos.

En lo relativo a la nueva consola, frente a las ideas de Miner de diseñar un nuevo sistema revolucionario, Warner tenía otras intenciones: diseñar otro sistema basado en componentes lo más baratos y fácilmente disponibles que fuese posible. Esto, desde luego, distaba mucho de involucrar una CPU de nueva generación y mucho menos, el diseño y fabricación de chips específicos. Ante la situación y el engaño con su bonus anual, Miner abandonaría Atari.

Pero la cabra tira al monte, y tras un breve periodo, Miner acaba de nuevo fundando una empresa de desarrollo de sistemas de videojuegos llamada Hi-Toro junto con Larry Kaplan. Su propósito era el diseño de un sistema de nueva generación, en concreto el soñado por Miner, basado en el Motorola 68000. La financiación la obtendrían del diseño y fabricación de componentes y periféricos para videojuegos.

Motorola 68000

Un vez en Hi-Toro, Miner creó su arquitectura básica basada en el 68000 y tres chips de acompañamiento de diseño propio: Denise, Agnus y Paula —encargados de quitarle el peso pesado del trabajo multimedia, principalmente involucrando grandes transferencias de memoria relacionadas con sonido y gráficos, al procesador—.

Aunque Miner tenía en mente un ordenador personal, los inversores veían a ‘Lorraine’ —la arquitectura de Miner— como una consola de nueva generación: no en vano, el mercado de las consolas era extremadamente lucrativo. Miner, que no quería tirar la toalla, contemplaba en su arquitectura los puertos de expansión necesarios para que esa consola pudiese transformarse con facilidad en un ordenador personal. Esta decisión sería muy acertada, pues tras el crash de 1983, las consolas habían perdido totalmente su atractivo para los inversores, mientras que los ordenadores personales se habían convertido en la inversión tecnológica de moda.

En su presentación en el CES de Chicago, en 1984, causaría sensación y atraería el interés de Atari, cuyos planes de sacar otro sistema continuista y lo más barato posible habían quedado obsoletos a la luz de la debacle del 83. Atari invierte medio millón de dólares en Hi-Toro para que pueda seguir trabajando mientras cierran un acuerdo más amplio, con el propósito de utilizar la arquitectura Lorraine para desarrollar su sistema de nueva generación.

Arquitectura Lorraine – Ungzd/ Wikimedia

El timing es providencial: Hi-Toro se había quedado sin dinero, la empresa estaba desesperada y sus miembros han empeñado hasta la última de sus posesiones. Miner recuerda incluso recibir visitas de Steve Jobs, que no se concretaron en ningún tipo de colaboración. Como es normal, Hi-Toro acepta esa suma a cambio de ceder a Atari el uso de sus diseños durante un año, mientras se cierra un acuerdo por el que Atari acabe comprando la mayor parte del accionariado de Hi-Toro. Esa inyección es un balón de oxígeno para la compañía.

Lo cierto es que Atari, en realidad, quiere hacerse con el control de Hi-Toro —ahora renombrada a Amiga Corporation para evitar el conflicto con una marca japonesa— principalmente para hacerse con los chips de Miner: Agnus, Denise y Paula. El medio millón de dólares es así un regalo envenenado: Atari sabe que Amiga no podrá hacerse con el dinero necesario para repagar ese préstamo, por lo que acabará controlándola.

Pero ese mismo año, en 1984, Jack Tramiel, CEO y fundador de Commodore tiene un grave desencuentro —los enfrentamientos venían de largo— con el principal accionista de la firma que le cuesta el cargo y acaba abandonando la empresa. Con una combinación de ansia vengativa, espíritu emprendedor y cuenta bancaria abultada, Tramiel compra Atari a Warner Communications, que tras el agujero en las cuentas que le había provocado la subsidiaria el año anterior le había perdido el gusto a los videojuegos.

Jack Tramiel en 1984 – Commodore.ca

En realidad a Tramiel sólo le interesan la marca, su prestigio y sus numerosos contactos y relaciones comerciales, pues Atari Inc., como se la conoce hasta el momento, se extingue y sus 10.000 empleados acaban en la calle. Tramiel funda Atari Corporation con 900 de esos antiguos empleados. Mientras tanto, en Commodore no le olvidan y le preparan una sorpresa: Para rematar la patada en el culo a su antiguo presidente, cuando Commodore se entera de que éste está interesado en comprar Atari, se acerca a Amiga y les suelta a golpe de billetera un millón de dólares, más que suficiente para devolver el préstamo de Atari y deshacerse de su influencia.

Amiga, la esperanza de futuro a corto plazo de Atari, entra a formar parte de Commodore. Cuando Tramiel descubre lo ocurrido, demanda a Amiga y pone a los supervivientes de Atari a trabajar en el diseño de una nueva máquina, que deberá competir con la de Amiga.
Entre este equipo estaban, irónicamente, pesos pesados de ingeniería de Commodore que habían seguido a Tramiel en su salida de la firma.

Entre otros, el equipo de Atari contaba con Shiraz Shivji, uno de los ingenieros que habían trabajado en el popular Commodore 64, que se convirtió en el nuevo vicepresidente de Investigación y Desarrollo o el propio hijo de Tramiel, Leonard, un ingeniero de talento que había contribuido al VIC-20 en Commodore y que se convirtió en el responsable del equipo del Sistema Operativo de Atari —y del que se decía que era la única persona que podía darle las malas noticias técnicas a Tramiel sin ser despedido—.

Shiraz Shivji, uno de los padres de Commodore 64 y de Atari ST – Azuremilesrecords.com

Para la nueva arquitectura de Atari se barajaron diseños con procesadores de 32 bits de National Semiconductor, pero ni el rendimiento, ni el precio, ni la capacidad de fabricación de NS convencieron a Atari, por lo que el diseño final se basó en el que se convertiría en el chip más popular de la generación, el Motorola 68000. Como en el caso de Amiga, Junto a la CPU se encontraban cuatro chips de soporte —crípticamente llamados GLU, MMU, DMA y Shifter—, que la descargaban de tareas como gestión de la sincronía de pantalla, decodificación del rango de direcciones de memoria, gestión de periféricos, presentación del contenido de la RAM de video en pantalla o transferencias de memoria de alta velocidad.

Aún así, el trabajo duro en el apartado gráfico seguía siendo de la CPU, pues no soportaba sprites ni scrolling por hardware. Mientras tanto, las capacidades de componentes de Amiga como su blitter, su DMA o particularmente de su componente conocido como Copper para hacer grandes transferencias de memoria sincronizadas con el haz de electrones de la pantalla, le otorgaban capacidades muy superiores a las de Atari ST, cosa que Atari trataría de compensar añadiendo un blitter a su gama STE.

Atari ST
Atari 1040 ST – Wikimedia

En definitiva, Atari y Amiga eran sistemas con bastantes similaridades pero muchas diferencias que marcaron el devenir de cada uno de ellos. Mientras Atari ST se convirtió en el ordenador de los músicos —gracias a la afortunada decisión de incluir puertos MIDI— y se hizo con cierta fama en el mundo de la autoedición, Amiga se convirtió en el equipo del multimedia y los videojuegos, la máquina de jugar que todo el mundo quería tener en casa.

El nacimiento y diseño de ambas máquinas estuvieron fuertemente imbricados con e influenciados por el turbulento momento que vivían sus compañías hasta el punto de que —y a esto venía este rollazo— la máquina de Commodore estuviese diseñada por el equipo estrella de ingeniería de Atari y la de Atari por el de Commodore, en una especie de intercambio no amistoso de talento con cierta coña marinera por detrás. Algo que no por menos irónico resulta extravagante en una época, la de los 80, en la que la industria estaba en ebullición y la tecnología evolucionaba tanto a golpe de ego, envidia y revancha como de puro genio y pasión.


NOTA (6/7/2020): Me han avisado de que el día exactamente anterior a la publicación de esta entrada, Xataka publicó un artículo bastante similar sobre el hecho de que Amiga estuviese a punto de convertirse en un producto de Atari:

Xataka – Así fue como el Amiga, el mítico ordenador de Commodore, estuvo a punto de acabar en las manos de Atari, su principal competidor.

Este artículo y el de Xataka comparten un hilo conductor muy similar. Para empezar, no hay ninguna duda, el artículo de Xataka es anterior a éste, por lo que si ha de haber alguna sospecha de «inspiración excesiva», desde luego no podría recaer en ese lado. Por mi parte, creo en el disculpatio non petita, acusatio manifesta, pero en este caso y ante una coincidencia tan flagrante, creo que tengo que justificar la existencia de este artículo.

El trabajo en esta entrada empezó hace varias semanas (más de un mes, diría yo), como parte de un trabajo de investigación y documentación personal que estoy llevando a cabo sobre sistemas de videojuegos retro. La entrada en sí es una reestructuración y reescritura de parte de esas notas.

Mis fuentes para estas notas son múltiples, aunque en lo referente al material que ha acabado en esta entrada, reseñaría especialmente la interesantísima entrevista que dio Jay Miner en la edición de junio de 1988 de Amiga User International o el libro de Jamie Lendino, «Faster Than Light: The Atari ST and the 16-Bit Revolution«. No puede faltar una mención a la web de Centre for Computing History y su maravillosa colección de manuales técnicos, que me pusieron sobre la pista del «Atari ST Engineering Hardware Specification» y del «Amiga Hardware Reference Manual«, que luego pude encontrar (dónde sinó) en «The Internet Archive». Por supuesto, también he tirado de Wikipedia, aunque generalmente la uso para cotejar mis materiales y encontrar nuevas fuentes, más que como fuente primaria. Y por supuesto, esa otra fuente de la sabiduría en Internet: múltiples hilos de Reddit en los que se discute sobre el tema y que me pusieron sobre la pista de personas, fechas y acontecimientos sobre los que investigar.

La coexistencia de ambas piezas en tan corto espacio de tiempo es, aparte de una casualidad, una buena oportunidad para aquellos que nos interesa el tema para conocerlo más a fondo y un tributo al interés que sigue teniendo esta tecnología viejuna para muchos de nosotros.

Fernando Conde

Jerry Lawson, el afroamericano que cambió la historia de los videojuegos

Investigando un poco sobre la Fairchild Channel F —una consola pionera en muchos aspectos— e inmersos como estamos en plena efervescencia del movimiento «Black Lives Matter» —tras el asesinato de George Floyd por parte de cuatro policías de Minneapolis— que entre otras cosas busca llamar la atención y concienciar sobre la discriminación de la población afroamericana de los EE.UU., me ha llamado poderosamente la atención un dato que en otras circunstancias, probablemente me hubiese pasado desapercibido: el padre de la misma era, precisamente, afroamericano.

Jerry Lawson and Fairchild Channel F

Este hecho es toda una rareza en un momento —los años 70— en el que el mundo de la electrónica y los ordenadores estaba dominado de manera casi absoluta por hombres caucásicos. Así que he pensado que era buena idea dedicarle una entrada a la historia de un hombre que ha sido, en muchos sentidos, vital para la historia de los videojuegos y que compartió empresas, convenciones y clubs con algunos de entre los más famosos de entre sus pioneros, a pesar de la enorme desventaja que, en un lugar como EE.UU. y en un tiempo como el que le tocó vivir, representaba el color de su piel.

Gerald Anderson Lawson, Jerry para los amigos, nació en 1940, en el barrio de Brooklyn, en Nueva York, aunque pasó su infancia en Queens. Su padre —estibador del puerto— era muy aficionado a la ciencia y estimulaba mucho el interés de Jerry con todo tipo de juguetes originales; no en vano, su abuelo era físico, aunque por su condición de negro sólo pudo trabajar en la oficina de correos. Su madre se dedicó a cuidar su educación, llevándole a colegios en zonas no segregadas y llegando a extremos como entrevistar a profesores y dirección, presidir la asociación de Padres de Alumnos y a convertirse en una voz muy activa con la junta de educación.

Jamaica, Queens, Nueva York

Su interés por la electrónica le viene de joven. Tras pedirle a su madre un kit de energía atómica —un juguete bastante popular en los años 50 en Estados Unidos—, su madre le indica que no puede pagar su precio —$100 de la época, unos 950€ de 2020— y le regala a cambio un receptor de radio. Jerry se aficiona con rapidez y acaba haciéndose con una licencia de radioaficionado con 13 años: a pesar de la negativa de los gestores a firmar la licencia, descubre que vivir en un desarrollo urbano federal —y Jamaica, el lugar en el que vive Jerry en Queens lo es— implica que no necesita el permiso de los gestores. Con su licencia en la mano, instala su radio y saca la antena por la ventana.

Jerry continúa su formación, primero en el Queens College y posteriormente en el City College de Nueva York, aunque sin llegar a graduarse. Con 16 años, empieza a trabajar en electrónica reparando televisiones en varias de las tiendas a las que va a comprar componentes o yendo casa por casa. Con sus ahorros va comprando los componentes que necesita hasta fabricarse su propio transmisor.

City College de Nueva York – Гатерас

Su experiencia laboral le convierte en el ingeniero que acabaría siendo: Trabaja para la Grumman Aircraft, para Federal Electric, para PRD Electronics… Es aquí donde aprende a programar en un UNIVAC 1218, trabajo que por cierto, detesta. Se traslada a Palo Alto para trabajar en Kaiser Electronics, una empresa de dispositivos militares que fabricaba el HUD del avión de ataque ‘Grumman A-6 Intruder’. También trabaja para ITT, donde se especializa en tecnología de imagen y radar y donde asiste a una formación sobre el primer ordenador que llegaría a usar, el primero militarizado basado en semiconductores.

En 1970, Jerry empieza a trabajar para Fairchild Semiconductor. Se trata de una empresa de bastante éxito, pues fue la primera en poner en el mercado un circuito integrado en un chip de silicio. Sin embargo, el lanzamiento por parte de Intel del 4004, el primer microprocesador de la historia, les pilla por sorpresa y tardan unos cuantos años en lanzar su propio microprocesador, el Fairchild F8. Cuando Jerry entra a la empresa, le dan dos opciones: entrar a trabajar en marketing o convertirse en el primer trabajador de una nueva iniciativa en Fairchild que implica trabajo de campo. Jerry opta por la segunda opción.

Placa conmemorativa de la invención del primer circuito integrado comercial por parte de Fairchild

Tras varios años trabajando en Fairchild —y transformando significativamente la forma en la que la empresa se relaciona con sus clientes—, Jerry dedica su tiempo libre a montar su propia máquina arcade en su garaje, usando el F8. Cuando la dirección de Fairchild se entera, se levanta una cierta controversia. Finalmente, se aproximan a él para preguntarle si llevaría su hobby, ese arcade que está montando en casa, al campo de juego de Fairchild: vamos, que lo haga para ellos.

Jerry se pone a ello, junto con Gene Landrum, del departamento de marketing, y juntos ponen en marcha una división y preparan un plan de negocio para construir y vender videojuegos, trabajando junto con un equipo de Alpex Computer Corporation, con quien Fairchild tiene un acuerdo cerrado para diseñar un sistema de juegos. El problema, la razón por la que Fairchild involucra a Jerry Lawson, es que Alpex basa su sistema en el Intel 8080 y Fairchild quiere que se use su propio micro: el F8.

Fairchild F8 microcomputer: una placa de prueba que permitía trabajar con el microprocesador F8.

Desde el principio, Jerry tenía claro que no quería hacer algo como la Odyssey de Magnavox —diseñada por cierto por Sanders Associates, también un contratista militar—, con su circuitería preconfigurada y aquellas plantillas para poner sobre la pantalla. Con su entusiasmo, consigue reunir un equipo formado por trabajadores de Fairchild que se vuelcan en el producto. Jerry también se involucra personalmente en las negociaciones para conseguir componentes lo más baratos que fuese posible.

Aparte de ser el responsable —el padre, en realidad— del primer sistema de juego de segunda generación, el primero con un microprocesador programable, Jerry también tuvo un papel bastante fundamental en el diseño de otro de los elementos más icónicos de la industria: Los cartuchos. Hasta el momento, todas las consolas incorporaban los juegos en su circuitería; no había medios intercambiables que permitiesen comprar juegos nuevos para las mismas y cargarlos en ellas: para empezar, al ser sistema cableados, no programables, cambiar el juego hubiese implicado cambiar toda la circuitería.

Emplear un procesador programable permitía que la nueva consola pudiese ejecutar múltiples programas, pero el único método práctico en aquel momento para cargar esos programas era almacenarlos en memorias de estado sólido: chips. Estos chips se instalaban en placas con conectores que se introducían en la consola. Fácil, ¿no? Para nada: Uno de los principales retos a los que se enfrentaban era que enchufar y desenchufar múltiples veces los cartuchos tenía cierta tendencia a causar explosiones; la electrónica del momento no estaba preparada para gestionar conexiones «en caliente» y era particularmente sensible a problemas como descargas estáticas o picos de corriente.

El concepto de cartucho vino de la gente de Alpex —en concreto Wallace Kirschner y Lawrence Haskel—, quienes licenciaron la tecnología a Fairchild, aunque fueron el propio Jerry Lawson, Nick Talesforce y Ron Smith, de Fairchild, quienes refinaron el producto y lo transformaron en un producto de consumo.

El lanzamiento de la nueva consola, llamada Fairchild Video Entertainment System —o VES— tuvo otro impacto muy importante en la industria, uno que la cambiaría de manera fundamental: Atari, que llevaba ya tiempo trabajando en su propio prototipo de consola programable, se dio cuenta de que tendría que hacer un esfuerzo adicional. Así, Nolan Bushnell vendió la compañía a Warner Communication, que apostó por convertir a Atari en la líder del mercado con una gigantesca inyección de fondos para el diseño y fabricación de la Atari VCS —apuesta que como sabemos dio sus frutos—. Tras el lanzamiento de la VCS de Atari, Fairchild cambió el nombre de su VES por el que perduraría en el tiempo: Fairchild Channel F.

No deja de resultarme llamativo que mientras muchos de los pioneros de la revolución de los microordenadores y las primeras consolas se han convertido en celebridades mundiales —Nolan Bushnell, Raph Baer, Steve Wozniak…—, alguien como Jerry Lawson, que puso boca abajo el mercado y participó de manera muy significativa en dos de las más importantes revoluciones del momento, sea una personalidad relativamente poco conocida. Como anécdota, Jerry era miembro —el único afroamericano— del famoso Homebrew Computer Club, el influyente grupo de aficionados que tanto impacto tuvo en el desarrollo de la revolución de los microordenadores personales. Allí conoció a los dos «Steves» de Apple, Wozniak y Jobs, que en sus propias palabras «no le impresionaron particularmente». Jerry incluso llegó a entrevistar a Steve Wozniak para un trabajo en Fairchild que no llegó a conseguir.

Está claro que el legado de Jerry Lawson es fundamental en la industria de los videojuegos, algo que consiguió a pesar de su pertenencia a un grupo, el de los afroamericanos, acostumbrado a enfrentarse a numerosas barreras sociales y prejuicios. Jerry, fallecido en 2011, siempre reconoció estos problemas, con numerosas anécdotas acerca de gente —algunos de ellos bastante importantes— que no podían disimular su sorpresa cuando descubrían el color de su piel —aparentemente, Jerry tenía una voz y entonación que no daba ninguna pista al respecto a sus interlocutores telefónicos o de radio—, o afirmando que en muchas ocasiones su color implicaba «ir sólo», aunque también recordaba con cariño que en el mundillo se encontró con mucha gente que le ayudó independientemente de su color. En sus propias palabras, «…cuando empiezas a involucrarte en ciertas prácticas y ciertos temas que quieres hacer, no tienes color alguno».

Reunión del Homebrew Computer Club en algún momento de los años 70

Supongo que el hecho mismo de que debamos sacar conclusiones de la historia de Jerry Lawson por algo más que por el hecho de ser uno de los pioneros de la industria de los videojuegos es un indicador de que, en lo referente a la discriminación —por color de la piel, por el origen, por el sexo, por la orientación afectiva o sexual— todavía queda mucho camino por recorrer. Hay muchas razones para ello, pero la historia de Jerry Lawson llama la atención sobre una en particular: lo que hubiésemos perdido si todas las barreras que le fueron impuestas por la condición de su color de piel hubiesen conseguido impedirle convertirse en la persona que fue, y lo que estaremos perdiendo manteniendo esas barreras y cortando las alas a muchas otras personas con el mismo potencial que Jerry pero menos suerte, o fuerza de voluntad.

Con sus logros, Jerry Lawson demostró que el color con el que había nacido no significaba nada y que podía hacer lo mismo que cualquiera de los más celebrados de entre los pioneros de la revolución de la microinformática.

Jerry Lawson
Museum of Play / Estate of Jerry Lawson

Los locos 70 (del videojuego)

Publicidad de Home Pong
Publicidad de Home Pong

Me da la sensación de que la década favorita de todos los aficionados a los videojuegos retro son los años 80. El póker de ases de los 8 bits —ZX Spectrum, Commodore 64, MSX y Amstrad—, la crisis de los videojuegos de 1983, Nintendo NES, Sega Master System, el nacimiento del PC, Atari ST y Amiga, la edad de oro del videjuego español, Megadrive…

Y lo cierto es que si los 80 fueron movidos —y es indudable que absolutamente decisivos para dar forma a la industria del videojuego moderna—, no lo es menos que los años 70 fueron incluso más locos.

Retrocedamos en el tiempo medio siglo. A principios de la década de los 70 del siglo pasado, los videojuegos no existen como negocio ni mercado. Sí, ha habido algún experimento en laboratorios, William Higginbotham ya ha montado su ‘Tennis for Two’ en un osciloscopios y ‘Spacewar!’ ya funciona en un PDP-1 en alguna parte del MIT, pero nadie está ganando dinero.

En 1971, Nutting lanza la primera máquina arcade de la historia: ‘Computer Space’ —desarrollada por un Nolan Bushnell más que inspirado por ‘Spacewar!—. En 1972, Magnavox —una fabricante de televisiones y tocadiscos— acepta convertir un prototipo de Ralph Baer en un producto y lanza Magnavox Oddysey, la primera consola de videojuegos doméstica de la historia, que incluye entre otros juegos uno llamado ‘TV Tennis’, que vuelve a encender la llama de la inspiración en Bushnel, que ya es el flamante fundador de una empresa llamada Atari.

Atari lanza en 1972 la recreativa ‘Pong’ y en 1975 la consola doméstica ‘Home Pong’, inaugurando la época de la sana competencia y los pleitos por copyright en el mundo del videojuego, en este caso recibiendo uno por parte de Magnavox —con quien llegará al primer acuerdo de licencia de la historia del videojuego—. A partir de ahí, la locura: cientos de consolas de decenas de marcas —entre otras, Nintendo—, todas ellas clones más o menos directos de ‘Table Tennis’ o más bien, de ‘Pong’, saturan las tiendas de EE.UU, Japón y un buen puñado más de países.

Coleco Telstar Arcade – Wikimedia/Evan-Amos

Empresas jugueteras y de electrónica de consumo compiten por lanzar sus versiones, espoleadas por la aparición de circuitos integrados —microchips— que proporcionan toda la circuitería necesaria para fabricarlas en el cómodo formato de una cucaracha de 28 pines. General Electric abre la veda con su popular AY-3-8500, pero pronto otros fabricantes lanzan sus versiones. MOS Technologies, National Semiconductor, Texas Instruments, Signetics y hasta los soviéticos, con su К145ИК17, inundan el mercado de chips, que los fabricantes convierten en una marea de consolas. Sólo en España, empresas como Deportel, Teletenis, DS-2, Furtec, Single, TAE, Coinmetrics, Bianchi o TRQ lanzaron sus clones de Pong.

Como no podía ser menos con semejante burbuja, los años 70 también vieron su crisis de los videojuegos, la de 1977, provocada por la saturación del mercado con consolas más antiguas, cientos de miles de unidades de clones ‘Pong’ que acaban en las tiendas por debajo de precio en un intento de deshacerse de stock.

Los años 70 también vieron el nacimiento de la industria del arcade, con juegos como los mencionados ‘Computer Space’ y ‘Pong’, pero también otros muchos entre los que merece la pena mencionar algunos como ‘Astro Race’ y ‘Speed Race’ —ambos de Taito, que introducen el joystick o el volante como mandos de control y las técnicas de los sprites y el scrolling—, ‘Breakout’ —antecesor del más famoso ‘Arkanoid’—, ‘Space Wars’ —que estrena los gráficos vectoriales en este medio— o incluso blockbusters como ‘Space Invaders’ o ‘Galaxian’.

Armario Original de Space Invaders

Es en los 70 también cuando nacen empresas que han dado forma a esta industria, como Atari, Taito, Nintendo, Namco, Midway o Sega. O la década en la que sale al mercado el Apple II —que cambiaría la computación personal para siempre—, el Commodore PET o el TRS-80 de Tandy/Radio Shack. Es también la década que ve surgir la segunda generación de consolas, la primera que incorpora microprocesadores programables y cartuchos intercambiables con programas, dando entrada a una pléyade de empresas de desarrollo de videojuegos independientes de los fabricantes de las consolas. Channel F, Atari VCS/2600, Astrocade o la Intellivision de Mattel, todas ellas vieron la luz antes de que el reloj marcase las 23:59 del 31 de diciembre de 1979. El 1 de enero de 1980, el comienzo de la, para muchos, época dorada de los videojuegos, ya había cientos de juegos en el mercado. De hecho, ya había mercado.

No será la era más glamurosa del videojuego, ni nos habrá dejado la ristra de títulos inolvidables que nos dejaron las décadas siguientes, pero las bases puestas en los 70 son las que permitieron que los 80 fuesen las de la explosión del medio como fenómeno económico y cultural a escala global, y me parecía buena idea dedicarle este pequeño homenaje.