Escapada a Gredos

fconde | 14 Diciembre, 2007

Tras un par de meses ajetreados que han dejado como huella, entre otras cosas, un hueco interesante en este blog, era el momento de tomar una pausa y resetear un poco. Tres días de vacaciones para completar el puente de la Constitución y hacer un bonito puente colgante que, la verdad, necesitaba urgentemente. Aparte de poner al día asuntos pendientes (cuatro lavadoras, seis planchas contando las acumuladas, limpieza, pulirme el Vista del portátil y sustituirlo por un XP…), el puente en sí llevaba planificado unas semanas e incluía un viajecito a Gredos, todos los amigos, para pasar un poco de todo, hacer alguna excursión, remolonear delante de la chimenea y zumbarle bien al cuerpo con buen vino de Ribera y carne de Salamanca.

Una plazuela en Candelario

Béjar visto desde La Hoya

El cuartel general, en La Hoya, junto a la pista de esquí de La Covatilla, ha sido una casa rural en la que, dándole cera a la calefacción y ahumando media sierra con nuestros intentos de encender el fuego, hemos pasado unos días muy agradables. La zona, justo entre Salamanca y Cáceres, en las faldas de la sierra de Gredos, es ideal para hacer excursiones a los pueblos de la zona, como Candelario, Hervás, Barco de Ávila, Béjar… Pequeñas joyas para callejear por ellas, como las empinadas callejuelas del barrio judío de Hervás, y carreteras por las que circular despacio disfrutando de un paisaje relajante y espectacular.

Una cálida hoguera

Un atardecer desde Hervás

En fin, bastantes risas, mucha desconexión, atardeceres de película, mucho humo, cielos nocturnos llenos de estrellas, vistas espectaculares, pueblos apacibles (pero llenos de domingueros de puente como nosotros), callejuelas estrechas y empedradas, riachuelos, bosquecillos, cientos de oportunidades para darle cera a la cámara digital, ninguna conexión a Internet y poca cobertura… Esas cosas que me acaban empachando en una semana pero que mientras tanto son una fantástica terapia de desengrasado. Y con apenas diez kilómetros de atasco, lo que no deja de ser un lujo en un puente como éste, con todo el mundo huyendo en masa de las ciudades.

Hervás desde el mirador

Un rincón de Candelario al anochecer

William Gibson’s Spook Country

fconde | 13 Diciembre, 2007

Hace ya un tiempo (justo después de la última entrada, de la que ya hace, manda narices, casi dos meses), cumplí con uno de mis rituales sagrados… Cada vez que William Gibson publica un nuevo libro, me hago puntualmente con él.

Mi ‘relación’ con la obra de William Gibson es relativamente reciente, de hace unos 13 años más o menos… Teniendo en cuenta que su aclamadísima primera novela, Neuromancer, tiene ya casi 24 añitos. Oí hablar de él y de su opera prima más o menos a la vez que de lo que se estaba cocinando en Internet, allá por el 94… Y es raro pensar que hace tan poco tiempo Internet, en España, era una gran desconocida. Su conexión con Neuromante no es casual: William Gibson es considerado como el responsable de acuñar el término ‘ciberespacio‘, precisamente en aquella su primera novela. De golpe la ciencia ficción no miraba hacia el espacio exterior como su inexplorada frontera final; el nuevo salvaje oeste estaba en el ciberespacio,

Una alucinación consensual experimentada diariamente por miles de millones de operadores legítimos, en todas las naciones, por niños aprendiendo conceptos matemáticos… Una representación gráfica de datos abstraídos de bancos de cada ordenador del sistema humano. Complejidad impensable. Líneas de luz estructuradas en el no-espacio de la mente, cúmulos y constelaciones de datos. Como las luces de una ciudad, retrocediendo.

William Gibson, Neuromante, 1984

Encontrarme aquel párrafo en las primeras página de un libro fue algo que me marcó… No se parecía a nada que yo hubiese leído antes y daba forma, describía, algo con lo que yo soñaba sin tener muy claro que era. Lo primero que hice, claro, fue ponerme al día con el autor (Count ZeroMona Lisa Overdrive, segundo y tercer libros de su primera trilogía y Virtual Light, primer libro de su segunda trilogía). Desde entonces, cada tres o cuatro años más o menos, he recibido con ilusión la noticia de una nueva novela del autor… Idoru y All Tomorrow’s Parties cerrando la segunda trilogía, luego Pattern Recognition y ahora este último, Spook Country.

El estilo de escritura de Gibson, el pionero de la literatura ciberpunk, siempre fue retorcido y oscuro, con personajes de los bajos fondos o gente normal que se ve metida en algo que les queda grande, siempre con la nuevas tecnologías como un ominoso poder de naturaleza casi arcana en busca de equilibrio entre su cara oscura y sus beneficios. Un poder que, al final, cambia el mundo de maneras sutiles pero irreversibles. Su forma de describir en un párrafo complejas escenas, los personajes que en ellas se encuentran y sus demonios interiores es única y vibrante y sus tramas sencillamente geniales. Sus novelas son un paso por el infierno al final del cual brilla la luz de la esperanza en el futuro y en la naturaleza humana.

El caso es que desde mi punto de vista, con cada nuevo libro Gibson ha ido dejando de lado su parte más oscura y exótica, su futuro cercano pero extraño se ha vuelto cada vez más cercano y menos extraño, sus personajes cada vez más posibles y ‘comunes’ y sus tramas, sin dejar de ser originales, se han ido aplanando. Lamentablemente para mí, Spook Country es la culminación de un proceso en el que las historias de Gibson han ido perdiendo magia.

Spook Country es una historia de justicia poética, retorcida el estilo de Gibson, en el que una reportera de una revista que no sabe si existe siquiera se verá envuelta en una extraña trama que involucra a unos inocentes artistas que mezclan tecnología de geolocalización con realidad aumentada para crear sus obras, los ex-componentes de un efímero grupo de rock del que la reportera fue miembro, una familia de la mafia cubana con costumbres heredadas de agentes especiales rusos y una extraña pareja formada por un malhumorado agente oficial sin agencia aparente y su rehén, un pacífico adicto a una droga psiquiátrica capaz de interpretar el ruso escrito en Volapuk. Y vuelve Hurbertus Bigend y su agencia de marketing viral Blue Ant, como nexo con el título anterior

El problema es que aún teniendo todos los ingredientes de las historias de Gibson, el resultado final me ha dejado frío. No ha habido trasnochada con el libro en el regazo hasta que finalmente lo cierro, veo la claridad y pienso ‘Mierda, otra vez’. No me he llevado el libro encima para aprovechar cualquier momento tonto para seguir con él, ni he acabado forzando mi velocidad de lectura hasta el límite máximo en el que aún puedo entender lo que leo. Ha sido una lectura que calificar de tibia.

El caso es que aunque lo hubiese sabido de antemano, tendría que haberlo leído. Y si Gibson publica otro, tras su inevitable pausa de tres o cuatro años, tendré que leerlo… Porque quiero ver si vuelve Bigend; porque quiero saber si vuelve a hacer otro magistral cierre de trilogía; porque quiero saber, para empezar, si esto es una trilogía y porque William Gibson me ha dado algunos de los momentos más mágicos de los que me han dado los libros, que es muchísimo decir, y cualquier oportunidad de que vuelva a suceder, por remota que pudiera ser, hay que aprovecharla.

Portada de Spook Country