Hace ya un tiempo (justo después de la última entrada, de la que ya hace, manda narices, casi dos meses), cumplí con uno de mis rituales sagrados… Cada vez que William Gibson publica un nuevo libro, me hago puntualmente con él.
Mi ‘relación’ con la obra de William Gibson es relativamente reciente, de hace unos 13 años más o menos… Teniendo en cuenta que su aclamadísima primera novela, Neuromancer, tiene ya casi 24 añitos. Oí hablar de él y de su opera prima más o menos a la vez que de lo que se estaba cocinando en Internet, allá por el 94… Y es raro pensar que hace tan poco tiempo Internet, en España, era una gran desconocida. Su conexión con Neuromante no es casual: William Gibson es considerado como el responsable de acuñar el término ‘ciberespacio‘, precisamente en aquella su primera novela. De golpe la ciencia ficción no miraba hacia el espacio exterior como su inexplorada frontera final; el nuevo salvaje oeste estaba en el ciberespacio,
“Una alucinación consensual experimentada diariamente por miles de millones de operadores legítimos, en todas las naciones, por niños aprendiendo conceptos matemáticos… Una representación gráfica de datos abstraídos de bancos de cada ordenador del sistema humano. Complejidad impensable. Líneas de luz estructuradas en el no-espacio de la mente, cúmulos y constelaciones de datos. Como las luces de una ciudad, retrocediendo.”
William Gibson, Neuromante, 1984
Encontrarme aquel párrafo en las primeras página de un libro fue algo que me marcó… No se parecía a nada que yo hubiese leído antes y daba forma, describía, algo con lo que yo soñaba sin tener muy claro que era. Lo primero que hice, claro, fue ponerme al día con el autor (Count Zero y Mona Lisa Overdrive, segundo y tercer libros de su primera trilogía y Virtual Light, primer libro de su segunda trilogía). Desde entonces, cada tres o cuatro años más o menos, he recibido con ilusión la noticia de una nueva novela del autor… Idoru y All Tomorrow’s Parties cerrando la segunda trilogía, luego Pattern Recognition y ahora este último, Spook Country.
El estilo de escritura de Gibson, el pionero de la literatura ciberpunk, siempre fue retorcido y oscuro, con personajes de los bajos fondos o gente normal que se ve metida en algo que les queda grande, siempre con la nuevas tecnologías como un ominoso poder de naturaleza casi arcana en busca de equilibrio entre su cara oscura y sus beneficios. Un poder que, al final, cambia el mundo de maneras sutiles pero irreversibles. Su forma de describir en un párrafo complejas escenas, los personajes que en ellas se encuentran y sus demonios interiores es única y vibrante y sus tramas sencillamente geniales. Sus novelas son un paso por el infierno al final del cual brilla la luz de la esperanza en el futuro y en la naturaleza humana.
El caso es que desde mi punto de vista, con cada nuevo libro Gibson ha ido dejando de lado su parte más oscura y exótica, su futuro cercano pero extraño se ha vuelto cada vez más cercano y menos extraño, sus personajes cada vez más posibles y ‘comunes’ y sus tramas, sin dejar de ser originales, se han ido aplanando. Lamentablemente para mí, Spook Country es la culminación de un proceso en el que las historias de Gibson han ido perdiendo magia.
Spook Country es una historia de justicia poética, retorcida el estilo de Gibson, en el que una reportera de una revista que no sabe si existe siquiera se verá envuelta en una extraña trama que involucra a unos inocentes artistas que mezclan tecnología de geolocalización con realidad aumentada para crear sus obras, los ex-componentes de un efímero grupo de rock del que la reportera fue miembro, una familia de la mafia cubana con costumbres heredadas de agentes especiales rusos y una extraña pareja formada por un malhumorado agente oficial sin agencia aparente y su rehén, un pacífico adicto a una droga psiquiátrica capaz de interpretar el ruso escrito en Volapuk. Y vuelve Hurbertus Bigend y su agencia de marketing viral Blue Ant, como nexo con el título anterior
El problema es que aún teniendo todos los ingredientes de las historias de Gibson, el resultado final me ha dejado frío. No ha habido trasnochada con el libro en el regazo hasta que finalmente lo cierro, veo la claridad y pienso ‘Mierda, otra vez’. No me he llevado el libro encima para aprovechar cualquier momento tonto para seguir con él, ni he acabado forzando mi velocidad de lectura hasta el límite máximo en el que aún puedo entender lo que leo. Ha sido una lectura que calificar de tibia.
El caso es que aunque lo hubiese sabido de antemano, tendría que haberlo leído. Y si Gibson publica otro, tras su inevitable pausa de tres o cuatro años, tendré que leerlo… Porque quiero ver si vuelve Bigend; porque quiero saber si vuelve a hacer otro magistral cierre de trilogía; porque quiero saber, para empezar, si esto es una trilogía y porque William Gibson me ha dado algunos de los momentos más mágicos de los que me han dado los libros, que es muchísimo decir, y cualquier oportunidad de que vuelva a suceder, por remota que pudiera ser, hay que aprovecharla.
